Datos sin alma, control sin justicia
“Funes no podía pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el mundo abarrotado de Funes no había sino detalles.” —Jorge Luís Borges, Funes el memorioso.
En uno de sus relatos más inquietantes, Jorge Luis Borges imaginó a Funes el memorioso: un joven condenado a recordarlo todo. Cada hoja que caía, cada gesto, cada sombra. Su memoria era perfecta, pero su inteligencia estaba paralizada. Funes no podía abstraer, no podía olvidar, no podía perdonar. Era esclavo de la literalidad. Incapaz de generalizar, veía el universo como un caos interminable de detalles que jamás podía transformar en sentido. Hoy, en la era del control sin alma, nos enfrentamos a un fenómeno inquietantemente similar. El Estado sospechador —producto de la Doctrina de la Sospecha Permanente— funciona como un Funes institucional: guarda datos, acumula partes, archiva rumores, vigila sin descanso. Pero como Funes, no comprende lo que ve. No distingue contexto, no reconoce trayectorias, no entiende las razones humanas detrás de las decisiones.
Este Estado no busca justicia: busca pruebas para sostener su desconfianza. Como si la sospecha fuera el principio de su razonamiento, y no un dato que necesita verificación. Lo que debería ser prevención, se convierte en vigilancia eterna. Lo que debería ser administración, se transforma en obsesión punitiva. Cada error se eterniza. Cada diferencia se sospecha. Cada reclamo se castiga.
La Doctrina de la Sospecha Permanente no sólo vigila: inmoviliza. Al igual que Funes, el Estado atrapado en la memoria absoluta es incapaz de aprender, de corregir, de reintegrar. El castigo se vuelve automático, despersonalizado, sin juicio ni piedad.
Frente a ese aparato frío y sin alma, los casos reales que aquí presentamos son más que denuncias. Son testimonios humanos. Son heridas que narran. Son historias que resisten la deshumanización burocrática. Cada uno de estos capítulos es una contra-memoria: una memoria con rostro, con contexto, con verdad vivida.
Porque sin relato, no hay comunidad. Y sin comunidad, el Estado se convierte en máquina.
(Fragmento del libro La Doctrina de la Sospecha Permanente, Quinta Parte: “Casos Reales”, p. 281)
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